domingo, 7 de marzo de 2010

EL ARCA




La vida palpitaba con fuerza y con una alegría secreta, serena y quieta. Un batallón de objetos y muebles me acompañaban, asediados por el tránsito cotidiano de la multitud extraña y poco delicada con la existencia de las cosas. Durante el amanecer majestuoso, a solas y a deshora con ello, recomponían sus formas, se bañaban en el cerco atravesado de claroscuro, alimentado por las rendijas de las persianas. Así reconfortada, el arca milenaria se abría y se disponía a una promesa que se extinguiría para recomenzar de nuevo. Lo inerte, en una rebelión legendaria y en venganza, se mostraba más capaz de dar vida a la vida misma que ignoraba.

sábado, 2 de enero de 2010

ESCRIBIR

Recuerdo..., cuando leía los periódicos en su apartado cultural, la pasión, la felicidad al encontrar algún libro, algún autor, llenaba las horas y la vida a momentos. Nunca se me ocurrió que me gustaría escribir, no lo sabía. Había escrito hacía poco, por primera vez, algo que sentí: “Es esto, es realmente lo que siento” una sorpresa, perplejidad y una pizca de crítica con tintes de rechazo. Era poesía, yo había leído poca, en general no me gustaba, me gustó mucho García Lorca, nada más, que yo recuerde. He aquí que algo que escribo con sentido resulta ser poesía. Un chasco. Y en esas estamos, voy de chasco en chasco, de perplejidad en perplejidad, cada vez más lejos de mi misma. Me gustaría acercarme poco a poco para no morirme sin decirme: ¡Hola!

martes, 21 de octubre de 2008

ZOZOBRAS




Acecha la marea de alabastro,
amenaza espuma en las crestas
que tocan el cielo de un verde gris.

Zozobran inquietudes que
en una revuelta pueden tornarse
esperanzas sutiles disueltas en
el aire o amargas lanzas que quiebran
las nubes a punto de llover
pero solo lanzan un augurio
que jamás se molestarán en trascender.

La tierra muestra el infinito que el cielo
no quiere reflejar,
con el mar recomponiendo las islas
de azul grana y agua como un mapa por adivinar.
(Cuaderno de La Celosía)

sábado, 18 de octubre de 2008

VOZ 2


Perdida en la ingravidez de un instante,
sumado a otros,

hacen el cuerpo desgranado en piezas,
sueltas y atrapadas
en el lugar de siempre.

Un ascensor, la grava, la mesa y la silla
y los pensamientos pedazos volantes que trepan por ellos.

Un filo de humo empaña los sentidos
el gesto se pierde y reproduce una historia de hace siglos.
(Cuaderno de la Celosía)

VOZ 1



La blanca cal resbala en la mirada que esculpe
golpes contra el azul y la mañana.
Quieta, abierto compás del mediodía,
la tarde quieta y después escapa, a chorros púrpura y lila
derramando grillos y estrellas.
(Cuaderno de la Celosía)

miércoles, 25 de abril de 2007

EL MAR



Después de muchos años volví al mar, volví a ver el mismo océano. El impulso me arrastró. Era un cálido mes de diciembre, un cálido invierno de cielo color añil. Aquel rumor magnífico, estruendo en armonía con la playa enorme, extensa e infinita. Probé el sabor de la inmensidad salobre, batida por el viento suave. Me desnudé, corrí huyendo de mis ropas, pues la orilla estaba lejos y finalmente en la zambullida, las olas recogieron mi cuerpo, sumergí lentamente la cabeza, el agua resbaló por el cabello, la cara, la boca salada. Aprisionada por el frío, éste penetró por mi piel, por cada uno de mis miembros. El pecho estalló, devolviendo a través de la garganta, a través de la lengua, la libertad insensible al frío. Me vestí, la soledad se calzó sobre mis pies mojados.
El grupo estaba atónito, habían observado la escena de pie, inmóviles, no dijeron una palabra, sus ojos temblaron y miraron a otra parte. Unas chicas sentadas sobre la arena, al pasar junto a ellas, me sonrieron. Había explotado el silencio, noches antes, en el desierto, me envolvió la cúpula estrellada del cielo.
Por primera vez supe que estaba enganchada al café con leche, harta del té con menta, harta de no ver a una mujer por las calles; en los campos, sonreían y los niños con ellas. El paisaje de una belleza monstruosa, se apoderó de mí, por dentro, todo el rato, todo el tiempo. Continué allí sentada sobre la sencilla terraza de café, sin café, con la playa a mis espaldas y las risas lejanas de mis compañeros.
Estaba dejando atrás los espacios vacíos, vacíos de mí y de pronto, el deseo inaguantable de tomarme un café. Mi cuerpo se rebelaba de manera indignante. Habíamos atravesado gargantas, oasis y pasado la noche en el desierto ¿para esto? Solo quería un café. Perdí la noción de la perspectiva, mis ojos nacieron de nuevo, yo también y todo ya había estado dentro de mí, el tiempo se paró en un gran bucle que apenas me rozó, suave, lento como una carícia. Giré y giré sin moverme, dentro de la primera nota de la Gymnopedia número uno de Satie. Caí de culo pues, se reveló la sabiduría del viaje, el autoconocimiento ¡Vaya por Dios!
La luz se cuela por las cortinas, va menguando y me dirige al estado de cobijo que no gobierno en las situaciones cotidianas. Se dirige en círculos concéntricos para arrebatar a los fantasmas sus sombras y diluirlas sobre mí.
Cierro los ojos y no veo más que el movimiento de mi cerebro sin saber a donde va. Miro la foto, otra vez, el triangulo invertido de esa espalda con la cabeza hundida entre los brazos, apenas perceptibles, sin brazos, ocultos, encierra el abismo y el misterio. La soledad y el deseo como un golpe seco, un sobresalto de dolor acompañado del fluir eléctrico de la sangre y el sudor. Un ladrido bronco de las entrañas hartas de búsqueda y de infinito.

Una luz no se parece a otra sin embargo recuerda el momento como si ya la hubiese vivido; como la línea vertical u horizontal del paisaje, me predispone a otra vida, otro mundo. Un batallón de objetos y muebles me devoraba, asediados por el tránsito cotidiano de una multitud extraña y poco delicada con la existencia de las cosas. Durante el amanecer majestuoso, a solas y a deshora con ello, recomponían sus formas, se bañaban en el cerco atravesado de claroscuro, alimentado por las rendijas de las persianas, así reconfortado el cofre milenario, se abría y se disponía a una promesa que se extinguiría para recomenzar de nuevo. Lo inerte, en una rebelión legendaria y en venganza, se mostraba más capaz de dar vida a la vida misma que ignoraba.
Si el gesto se deshace en el acto que significa, si el aire se condensa hasta parecer del color que gotea por dentro y el espacio se vuelve infinito como los pasos que se recorren en torno al círculo que da de la vida ¿Dónde estoy yo?
Una sirena de ambulancia me atraviesa la sesera y dando un respingo hago clik en el ratón involuntariamente, se abre la ventana del Messenger y ahí está ella.
- “Hola, estas ahí”
- “Siiii, como va?
- Bien, un poco aburrida
- Te echaba de menos sabes?
- Ya tienes que estar aburrida, oye
- No seas tonta, tú lo vales
- Estoy un poco depre no sé y a la vez lo contrario
- No me entiendo, me pasa a menudo no creas
- yo no entiendo a secas, así que todo normal si te sirve de consuelo
- Vaya ya me has quitado la ilusión de sentir el mundo a la contra
- no mujer, jajaja ya lo he pillado, no te cogía la ironía.
- jajaja
- estoy como la fotografía de la chica del banco
la cabeza hundida entre los brazos
a veces me parece igual
que desaparece y soy un cuerpo sin ella
- pues a veces yo sentada me parece que vuelo
sin embargo cuando ando me siento clavada en el suelo y que no me muevo
- vaya, lo tuyo una paradoja y lo mío una locura ¿Qué diferencia hay?
- jajaja no está mal
- tengo que dejarte lo siento estaba tan a gusto
el trabajo... mi compañero me reclama
nos hablamos después un beso ciao
- ciao, hasta luego, un beso para ti también.
Cuando salí del metro no vi lo que había delante, me crucé con unos ojos que me desvistieron con la mirada. Seguí mecánicamente, a duras penas, mi rumbo hasta el despacho. Me senté y respiré con dificultad, me costó un tiempo darme cuenta qué me había soliviantado. El pasillo del metro inundado de gente, la espalda descubierta, delante de mí, pasó en décimas de segundo, fue tan rápido y fugaz. Una chica, un vestido de escote desbocado por atrás, desapareció entre la gente. En aquel instante, el agobio de la multitud, inmersa en el ritmo, al mismo paso, en la misma actitud, con los mismos gestos. Estuve apoyada sobre el respaldo de la silla sin contener el aliento como si una apisonadora me hubiera pasado por encima.
Los dedos sobre el teclado me producen un escalofrío que recorre mi cuerpo, después de hablar con ella, se transforma lentamente en una punzada suave y dolorosa. Esa noche me llevé la mano a la boca en una arcada vacía que se apoderaba de mí hasta desembocar en un miedo inmenso.

EL AMANECER





Cuando la mirada descubrió un abrazo entre las sombras del limonero, no sé si fue por culpa de la luz o un atrevimiento más de los límites del día que bordean los pájaros con sus alas, dándoles formas curvas que lo hacen de vuelta y amable. Así, sin confundir un solo instante, el sol implacable me devolvió una sonrisa con la que reconocer las marcas del alba y recorrer un camino en el tiempo, siempre guiada, siempre sola. ¿Lo importante era el mapa de las fronteras, los bornes, lo que diferenciaba las cosas de su alrededor? El peligro de confundirlo siempre había estado.

Dio un largo suspiro, el despertador empezó a sonar. Sacha seguía en la cama con los ojos abiertos, la claridad atravesaba el cristal y chorreaba sobre las sábanas. Estiró el brazo perezosamente y lo paró. Se incorporó lentamente, preparó el café y sentada delante de la taza, se quedó inmóvil un rato. Una bocina procedente del exterior le hizo caer en la cuenta de que tendría que salir a toda prisa o no llegaría a tiempo a la oficina.
Al cerrar la puerta del apartamento, la vecina me saludó amable como siempre y con aquel punto de reprobación en la mirada que tan bien conocía. Después de innumerables charlas de escalera preguntándome: “¿Y usted no tiene niños? ¿Cuando los tendrá?” así, de una manera inacabable; llegó el día que le contesté no de muy buen humor: “No, no los tengo ni los tendré ¿y…? Allí mismo se acabaron las charlas matinales.


Con un escueto saludo y un adiós, despacharon, desde entonces, sus encuentros por las mañanas. Se ajustó el pañuelo y descendió rápida las escaleras, el autobús estaba a punto de llegar.


La luz intensa apenas me permite contenerla entre los párpados, las fachadas me la devuelven con más fuerza, hoy es excesiva, me froto suavemente los ojos, no tengo sueño. Admiro la claridad que imprime sobre la ciudad límpida, su transparencia de recién llegada. Me gustaría seguir y no bajarme del autobús. El mar desaparece a la izquierda sobre mi hombro, quisiera ir hacia él. Me invade una sensación nueva, continúa dentro de mí. Ya no veo, ni miro el paisaje de todas las mañanas. Los coches y la gente no dejan de pasar, como todos los días. La ciudad ha cambiado. Los frenos del autobús me impulsan hacia delante, pido disculpas, el joven de mi lado se levanta y me deja pasar con una sonrisa. Frente a la terraza del restaurante, vacilo, un tipo con el vaso de té bajo el bigote, se me queda mirando, reanudo el camino hacia la oficina con la impresión de perder algo.

Afortunadamente hoy me espera un día tranquilo en la oficina, o eso creo yo. El correr de la mañana se hace interminable. He saludado a todos y pienso que me han visto la cara. Tengo un día absorto, todos lo han notado. Me ha llamado Meriem, quiere que quedemos el sábado a comer, pero tengo que ir a casa de mi abuela. Al final hemos quedado para mañana. Algo le pasa con Hamed, últimamente no la veo bien, ya se lo he dicho. Mi compañera de despacho, me acaba de pasar el lápiz por el cogote al salir, ya sé que quiere decir: estoy más allá de no se donde…no estoy, esa es la cosa. No me hace gracia que los demás se den cuenta tan rápidamente, pero es lo que hay, tampoco está tan mal que me conozcan un poquito. Yo me los aprecio, menos al borde de Hicham, ése es demasiado de este planeta, que le vamos a hacer. El ambiente que se respira en el trabajo es bastante agradable, eso es lo importante. Aunque suspiro por unas vacaciones, pequeñas pero vacaciones. Las que vienen, tres días de fiesta. No sé que haré. Todo el mundo esta con sus cosas. Los familiares, un pequeño viaje, un concierto a Essaouira. Francamente, no tengo ganas de moverme mucho. Me parece que serán del estilo, “me-quedo-encasa-y-ya-está” o lo que es lo mismo: cama, libro, tele y nevera. Y a esperar que no tenga consecuencias indeseables, tipo Armagedón para mi body. Empiezo a sentir mis pensamientos como el tecleo de mi ordenador ¿me estaré trastornando?

En una relajada conversación de café, relajada de neuronas, pues quien más y quien menos, dejó una sarta de tonterías para la posterioridad que afortunadamente quedó en el intento. Hablando de la cultura cibernética, allí se exhortó más que en la mezquita. Que si chatear y los blogs es de ignorantes e incultos que si es lo contrario, que si la vida está afuera, que si la vida es más intensa que si es mentira que si es verdad bla, bla, bla... A lo que siguió, como pasar el rosario, los deseos i la declaración de intenciones de embarcarse en la vida por la autopista del éxito y la realización, en este orden. Yo, desenvolverme en la canción; yo, ampliar mis expectativas en la escena hacia el cine; yo, mi carrera literaria. ¡Qué afán de reconocimiento, exudaban mis colegas de tertulia! que cansancio cuando la soledad te rodea, los coches no dejan de pasar y de tocar el claxon, porque los del hotel de enfrente lo atascan todo con las limusinas y los tíos no dejan de intentar ligar de la manera más estúpida y con demasiada frecuencia humillante para su víctima.

Perdida en mis zambullidas mentales mi “compi” no me pasó el lápiz por el cogote, no; usó mi cabeza como instrumento de percusión, rebotando graciosamente, esta vez el boli, a ritmo caribeño: punta-capuchón-punta. Recobré la unión espiritual con mi estómago y nos fuimos a desayunar a la cafetería de la embajada. Allí estaban sentados o mejor dicho, repantigados, los buenos “sauditas”, es decir cualquiera que sea gordo, calvo y rico. Así convinimos las dos, para no complicarnos la vida, lo que no es cierto, pero sí muy práctico.

Fui a ver a Meriem, hacía muchos tiempo que no nos veíamos y pienso que como no hagamos un esfuerzo…, las cosas se aplazan y a así se termina con la amistad, sin darte cuenta. No se que clase de vida llevamos, pero cada vez es mas difícil mantener las relaciones. De todas formas, últimamente, no me llama nada más que cuando tiene problemas con él.

- Hola vida, ¿como estás?
Sacha la abrazó con ganas, percatándose de su aspecto desmejorado.
- Hola cariño, sabía que no me fallarías- respondió sonriendo.
- ¡Ah! Tú sabes que el cous-cous no me lo perdería por nada, después del de mama Candela el tuyo es el mejor.
- ¡Bah! no te enrolles, vendrías igualmente aunque te diera de comer piedras.
- Claro, de eso te aprovechas, bromeó Sacha contenta de verla reír -la sangre no llegará al río-, pensó.

Acompañaron la comida con un buen vino y ya cuando habían cotilleado y puesto al día al plantel de amigos y conocidos, achispadas y de buen humor, rieron un buen rato; y con la misma facilidad que el ambiente se había animado, comenzó a descender, ayudado por la bajada química del alcohol, suavemente hacía un humor melancólico que llevó a Mariem a contarle un detalle que había guardado celosamente hasta ese momento, después de hablarle sin parar de su novio Hamed, largo rato. Todo iba bien, con sus altibajos normales, hasta que un buen día apareció con una petición a cuestas, una novedad que aún ahora, no parecía haber digerido; Esto es: el velo (nombre en árabe?) Sacha abrió bien los ojos, parecía no dar crédito.
- ¿Quiere que te pongas el chador?
- Ves, lo sabía que te sorprendería, Sacha; me lo imaginaba y ahora no me sueltes una perorata, porque no te pega.
- Eh, para el carro, yo no he dicho nada y además no serás tú ni la primera ni la última, se está poniendo de moda. Yo no tengo nada que objetar, allá cada cual con su vida. Pero si es verdad que tiene que repercutir de alguna forma. Francamente - continuó un poco agobiada- he visto amistades rotas de la manera mas extraña por este motivo, -hizo una pausa y añadió: -Espero que eso no te pase a ti.

- Alto ahí, ahora te lo digo yo. No he tomado aún una decisión, la verdad que estoy un poco confusa, no me lo esperaba. Y no me siento bien… decepcionada, esa es la palabra, decepcionada, como mínimo, y no sé si algo más- .
Las lágrimas le comenzaron a correr por las mejillas, Sacha comprendió que no era una tontería, que la cuestión iba en serio y que su amiga estaba a punto de casarse. Se levantó y la abrazó. Meriem sollozaba sin consuelo, entre hipo e hipo.

- No llores, sabes que no puedo verte así-.
- ¿Cómo no me lo dijiste? ¿Cómo has aguantado tanto tiempo sin decírselo a nadie? ¡Qué cazurra! podías haberme llamado antes ¿no?
Sacha la animó a que se lo tomara con calma para no precipitarse, sabía cuanto lo quería y lo doloroso de su situación. Quedaron que estarían en contacto y le aseguró que estaría a su lado, hiciera lo que hiciera. Sus palabras la consolaron un poco y Sacha fue a buscar un clinex.

- Toma, llorona, ya verás como se arregla todo y aquí no ha pasado nada. - Le acarició la mejilla, ambas se despidieron y Sacha se marchó.